Karlos Arguiñano, el cocinero que conquistó la sobremesa.
Hablar de Karlos Arguiñano es hablar de una institución gastronómica. Nacido en Beasain (Guipúzcoa), lleva décadas entrando en los hogares españoles con su característico humor, su forma cercana de enseñar y, por supuesto, sus recetas caseras. Su programa Cocina abierta se ha convertido en un ritual del mediodía: entre chistes, canciones y cazuelas, Arguiñano ha logrado que cocinar parezca no solo fácil, sino también alegre.

El chef vasco no solo triunfa en televisión. Su restaurante, situado en la playa de Zarautz, es una referencia del buen comer con vistas al Cantábrico. Además, cada año lanza un nuevo libro de recetas con el que comparte sus conocimientos y su filosofía de cocina sencilla, sabrosa y práctica. Es un hombre que ha hecho de la gastronomía una forma de conectar con la gente, más allá de los fogones.
A lo largo de su carrera, Arguiñano ha demostrado que la clave del éxito no es solo cocinar bien, sino hacerlo con orden, cariño y sentido común. Es meticuloso con la limpieza y con la organización del trabajo, algo que sus espectadores perciben en cada programa. Su forma de mantener la encimera impecable mientras prepara un guiso es casi una lección zen para quienes se dejan llevar por el caos culinario.
Lo que no soporta el chef.
Durante la presentación de su último libro, 545 recetas para triunfar fáciles y ricas de comer, del Grupo Planeta, el cocinero volvió a mostrar esa mezcla de simpatía y sinceridad que tanto le caracteriza. Entre anécdotas y bromas, hubo un tema que le sacó de sus casillas: un hábito doméstico que, según él, debería erradicarse de todas las cocinas españolas.
Arguiñano confesó que una de las cosas que más le enfadan es ver cómo la gente tira el aceite usado por el fregadero. Con su estilo directo, aseguró que ese gesto, tan común en muchos hogares, es una auténtica barbaridad. Recordó que durante años fue algo habitual, pero que hoy, con la información que tenemos sobre contaminación, ya no hay excusa para seguir haciéndolo.
“Hay quien todavía lo hace y le da igual, pero eso es una guarrada”, dijo sin rodeos. Para el cocinero, verter aceite por el fregadero no solo es una cuestión de limpieza, sino de respeto por el medioambiente. Lo explicó con su particular sentido del humor: “El colesterol nuestro es el que transmitimos a las tuberías de casa”, comentó entre risas y gestos de desaprobación.
Un gesto pequeño, un problema enorme.
Arguiñano insistió en que lo correcto es guardar el aceite usado en un frasco de cristal y llevarlo al punto limpio cuando esté lleno. Puede parecer una molestia, pero sus consecuencias positivas son enormes: evitar atascos, malos olores y, sobre todo, contaminación. Según los datos que mencionó, un solo litro de aceite puede llegar a contaminar hasta mil litros de agua.
La advertencia no cayó en saco roto. Muchos asistentes asintieron con gesto culpable, conscientes de que alguna vez habían cometido ese error. El chef aprovechó la ocasión para recordar que, al igual que aprendemos nuevas recetas, también debemos adquirir buenos hábitos sostenibles en la cocina.
Entre la costumbre y la conciencia.
El mensaje del cocinero fue recibido con aplausos y aprobación en redes sociales, donde sus palabras se compartieron miles de veces. Muchos destacaron la importancia de que una figura tan popular utilice su influencia para educar en sostenibilidad. Sin embargo, también hubo quien lamentó que se pierdan ciertas costumbres “de toda la vida”, aunque sean poco ecológicas.
Sea como sea, Karlos Arguiñano volvió a hacer lo que mejor sabe: enseñar, entretener y hacernos pensar, todo a la vez. Y, como siempre, con ese tono entre el consejo y la carcajada que lo ha convertido en un referente querido por varias generaciones.