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Una de las interventoras de uno de los trenes accidentados en Córdoba explica qué ocurrió en el momento del siniestro: «He salido…»

Conmoción en la red ferroviaria.

Hay noticias que atraviesan cualquier conversación cotidiana y obligan a mirar la realidad de frente. Suceden de golpe, sin aviso, y en cuestión de segundos convierten un trayecto rutinario en un episodio que nadie olvida. Cuando un accidente ocurre en un espacio compartido —un tren, una estación, una carretera—, el impacto se multiplica porque cualquiera podría haber estado allí. Y esa sensación colectiva de vulnerabilidad se extiende más allá de los pasajeros, alcanzando a familias, profesionales y a todo un país pendiente de un parte.

En esas horas, la sociedad se vuelve una sola cosa: gente buscando información, intentando comprender, y esperando que la ayuda llegue a tiempo. Los protocolos, las llamadas de emergencia y la coordinación entre equipos se convierten en la línea que separa el caos de la respuesta organizada. También aparece lo mejor de la comunidad, con desconocidos que se ofrecen a ayudar sin pensar en nada más. Y, al mismo tiempo, queda la certeza de que hay instantes en los que la normalidad se rompe en mil pedazos.

La escena se completa con un silencio extraño que llega después del estruendo, cuando la mente intenta ordenar lo que acaba de pasar. En ese tipo de sucesos, cada testimonio se convierte en una pieza clave para reconstruir lo ocurrido. Los detalles importan: el lugar exacto, el minuto preciso, la reacción inmediata dentro de los vagones. Y, sobre todo, la huella emocional que deja en quienes lo vivieron desde dentro.

Un trayecto interrumpido en Córdoba.

Ese sobresalto se materializó en un accidente ferroviario en las inmediaciones de Adamuz (Córdoba), donde un tren de Iryo que cubría la ruta Málaga–Puerta de Atocha descarriló en los desvíos de entrada a la vía 1. Según la información facilitada en el relato de pasajeros y personal, el convoy invadió una vía contigua por la que circulaba otro tren, el LD AV 2384 Puerta de Atocha–Huelva, que también terminó descarrilando. El siniestro se saldó con varias víctimas mortales y numerosos heridos, lo que elevó la alarma en la zona. La prioridad pasó a ser la atención urgente y la evacuación segura de quienes habían quedado atrapados.

El periodista de Radio Nacional de España Salvador Jiménez, que viajaba en ese tren, explicó que el Iryo 6189 había salido de Málaga a las 18.40 horas y que el momento del impacto llegó a las 19.45. Desde su posición, en el primer vagón, describió que se sintió como «un terremoto» a lo largo de los coches. La sacudida, dijo, se percibió de manera generalizada, como si el convoy entero hubiera perdido de pronto su trayectoria. Ese relato ayuda a fijar el minuto en el que todo cambió dentro del tren.

Tras el golpe, la tripulación activó los avisos internos y trató de movilizar recursos entre los propios viajeros. Jiménez señaló que, «inmediatamente», por megafonía, se preguntó si había personal sanitario entre los pasajeros para asistir a los heridos de los dos últimos vagones. Esos coches, siempre según su testimonio, fueron los más afectados, con daños visibles y personas que necesitaban atención urgente. Mientras se organizaba la ayuda, el ambiente se llenó de instrucciones rápidas, nervios contenidos y una urgencia que se respiraba en cada gesto.

Ventanas rotas y ayuda improvisada.

Con el paso de los minutos, la evacuación tomó forma: los viajeros fueron saliendo en dirección al apeadero de Adamuz. Parte del personal de a bordo, de acuerdo con el relato, recurrió a martillos para romper ventanas y abrir vías de salida allí donde las puertas no eran suficientes o no podían usarse. La prioridad era despejar los vagones y evitar riesgos añadidos, mientras se intentaba mantener la calma. En ese movimiento, cada asiento, pasillo y escalón se convirtió en un punto de paso hacia el exterior.

Jiménez añadió que llegó a ver a personas subidas sobre el último vagón para intentar acceder al interior y sacar a heridos. Esa imagen, poco habitual incluso para quien está acostumbrado a contar noticias, refleja la respuesta instintiva que aparece en las emergencias: manos tendidas antes que preguntas. Entre cristales rotos y estructuras inclinadas, los esfuerzos se centraron en localizar a quienes necesitaban ayuda y facilitar su salida. La escena fue, según se desprende de los testimonios, un cruce de valentía, confusión y cooperación a contrarreloj.

Entre los relatos que han trascendido está el de una interventora que viajaba en uno de los trenes implicados y que quiso tranquilizar a quienes se preocuparon por ella. «Os estáis preocupando. Ya estoy mejor», afirmó, antes de describir con crudeza cómo lo vivió desde dentro del vagón. La trabajadora resumió el instante del impacto con una frase que da medida de la violencia del movimiento: «He salido despedida, he abierto la puerta con la cabeza y he perdido el conocimiento». Sus palabras, directas y sin adornos, son un recordatorio de lo que supone estar en primera línea cuando la seguridad se pone a prueba.

Ahora, mientras avanza la investigación para esclarecer las causas y se actualiza el balance de afectados, el país sigue el caso con atención. En paralelo a los comunicados y a las noticias de última hora, las redes sociales se han llenado de comentarios sobre la noticia. Hay mensajes de duelo, de apoyo a las víctimas y de reconocimiento a quienes auxiliaron en los vagones, junto a preguntas y debates sobre la seguridad ferroviaria. Y, como ocurre en sucesos así, el intercambio digital se ha convertido en un gran muro colectivo donde se comparte preocupación, incredulidad y solidaridad.