Una conmovedora historia sobre lo importante que es apreciar a la abuela mientras sigue a tu lado

Una abuela es un tesoro, ella nos cuida en nuestra infancia, nos cuenta historias de la suya con gran calidez, con la edad no nos acordaos tanto de ellas, las vemos en ocasiones especiales o cumpleaños, pero es mucho más triste cuando la anciana que dedicó toda su vida a la familia, vive con sus seres queridos pero al mismo tiempo se siente una carga.

Un conmovedor texto de Anna Kiryanova, quien nos recuerda lo más importante y valioso que es el tiempo que pasamos con nuestros mayores.


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Una mujer de mediana edad trajo a su hogar a su abuela, quien se había quedado ciega por la vejez. Tenía 90 años: una anciana de cuerpo diminuto con manos que revelaban haber trabajado en exceso. Con estas mismas manos, toda la vida, trabajó en el campo, ordeñaba vacas, alimentaba a las ovejas y gallinas, lavaba, limpiaba, cocinaba… Sus manos se quedaron secas, como las patas de un pajarillo.

Y con estas manos, la abuela sujetaba un pequeño pañuelo que movía sin saber qué hacer: estaba sentada en el sofá y tocaba el pañuelo. Y de sus ojos ciegos rezumaban algunas lágrimas ancianas. A primera vista, la llevaron a vivir en unas mejores condiciones: baño caliente, sofá, mesa con platos… Su casa en la aldea fue vendida, al igual que sus animales. ¿Cómo podría una anciana ciega vivir sola? Así llegó su nieta a llevársela a vivir con ella.

La abuela trabajó toda su vida. ¡Ahora ella podía descansar en el sofá! Pero la anciana trabajadora no estaba acostumbrada a estar sin hacer nada; se apagaba si no tenía trabajo. Y empezó a ocurrir lo siguiente: la abuela a tientas lavaba los platos.

La nieta regresaba a casa del trabajo y volvía a fregar los platos. Podrás entender que es difícil para una persona ciega de 90 años hacer tal tarea. Pero su nieta tenía que hacerlo a escondidas de la abuela porque ella pensaba que fregaba bien los platos y ayudaba en casa. Y por eso pedía quehaceres para toda la jornada: platos para fregar… ¡No los friegues, lo haré yo!


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Los platos quedaban sucios. Y en el suelo podían verse charcos y en las paredes, salpicaduras. Y la mujer, cansada después de un día de trabajo, tenía que volver fregar y limpiarlo todo. Al final: doble trabajo. Pero ella lo hacía todo sin ruido. Volvía a fregar los platos y el suelo. Todos los días. Mejor dicho, todas las noches, cuando la abuela se quedaba dormida y no oía cómo fluía el agua del grifo ni el traqueteo de los platos.

Mientras tanto, la nieta le decía a su abuela que los platos estaban perfectamente fregados, “Gracias, ¡me ayudaste mucho!”. Y la anciana sonreía, asintiendo con la cabeza… Era muy importante sentirse útil y no comer el pan sin dar nada a cambio. La nieta la necesitaba, ¡todavía era buena para algo! Y la abuela tomaba un paño y, a tientas, quitaba el polvo o recogía las cosas. Y también preguntaba si había más platos: ¡ella los lavaría!

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Esto es tener un poco de paciencia. Un pequeño sacrificio, no es un gran mérito. La abuela vivió con su nieta durante 6 años y fregó los platos hasta el último día. No se quedó en la cama; ni un día lo pasó así. Porque ella podía trabajar y sentirse útil. Ella no sabía vivir de otra manera.

Y la nieta amaba a su abuela. La amaba con todo su corazón. A veces, el amor habita en esto: no en fregar los platos, sino en volver a fregarlos. En la paciencia. Este es un pequeño sacrificio, incluso diminuto. No supone una gran hazaña. Pero eso es el amor.

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