Un comentario que cambió todo.
En medio de una clase rutinaria de primaria, un comentario desafortunado hizo que el aula se detuviera. Uno de los niños, en un tono despreocupado y casi automático, sugirió que el papel en el suelo lo recogiera la limpiadora. Un gesto que, a primera vista, podía parecer inofensivo, pero para el profesor presente, este comentario cargaba una subestimación grave hacia una figura clave del colegio: la limpiadora. Este hecho fue el detonante para que el maestro decidiera convertir una situación común en una lección transformadora para sus alumnos, una que trascendería las aulas.

Este profesor, lejos de pasar por alto el comentario, vio la oportunidad de enseñarles algo más profundo que las materias curriculares: respeto, empatía y el valor de todas las personas, especialmente aquellas cuyas labores son esenciales y, sin embargo, suelen ser invisibilizadas. Fue así como la jornada escolar dio un giro inesperado, y lo que empezó como un día cualquiera, terminó siendo el inicio de una enseñanza para toda la vida.
El incidente en cuestión se produjo justo cuando el profesor pidió a sus estudiantes que recogieran un papel del suelo, algo que podría haberse resuelto en segundos. Sin embargo, la reacción del niño hizo que el profesor comprendiera que había una percepción distorsionada entre sus alumnos, una que debía corregirse de inmediato. Ese comentario se convirtió en una oportunidad para hablar sobre el valor del trabajo y la importancia del respeto hacia quienes hacen posible el bienestar de todos en el colegio.
Lecciones que no se enseñan en los libros.
Ese mismo día, el profesor, Santi Vila, reflexionó profundamente sobre cómo podía cambiar la percepción de sus alumnos hacia el personal de limpieza, y fue entonces cuando ideó un plan. En lugar de simplemente regañar al niño por su comentario, decidió que era hora de que los estudiantes comprendieran de una manera práctica el valor del esfuerzo que Clementina, la limpiadora del colegio, hacía día a día. Santi se acercó a ella con una petición especial: quería que, durante una semana, fuera ella quien evaluara la limpieza del aula, dándoles a los estudiantes una calificación que reflejara su empeño en mantener el espacio ordenado.
“Que lo recoja la limpiadora”
En el año de la pandemia, tuve la suerte de ser tutor de una clase única y maravillosa.
Año complicado en el que acabamos el curso sin poder celebrar la graduación o el viaje de fin de curso.
Pero los meses que estuve en esa clase fueron inolvidables— Santi Villa (@soyunsanti) October 6, 2024
Al día siguiente, la sorpresa fue mayúscula. El profesor presentó a Clementina en clase, no solo como la persona que mantenía limpio el aula, sino como alguien cuyo trabajo era fundamental para el funcionamiento diario del colegio. Les explicó que, a partir de ese momento, ella sería quien calificara el orden en la sala y que debían ganarse una buena nota, igual que en cualquier otra materia. Además, el maestro no dejó pasar la oportunidad de abrir un diálogo sobre los estereotipos de género, instando a sus alumnos a no asumir automáticamente que quienes limpian deben ser mujeres. Esto fue una valiosa lección que invitó a los niños a cuestionar lo que dan por hecho.
El reto planteado fue claro: si lograban obtener calificaciones altas, de nueve o diez, durante la mayor parte de la semana, tendrían el privilegio de disfrutar de una clase al aire libre el viernes. Esta pequeña recompensa despertó el entusiasmo de los estudiantes, quienes empezaron a ver el aula desde una perspectiva completamente diferente. Lo que antes no valoraban, ahora se había convertido en un reto personal, y comenzaron a esforzarse por mantener su espacio ordenado.
Hubo muchos momentos increíbles, pero hoy quiero contaros uno que, posiblemente, sea de los más emocionantes de mi carrera profesional.
Esta historia, la protagonizan 25 niños y niñas y alguien que nos enseñó más de lo que jamás se podría imaginar: Clementina❤️— Santi Villa (@soyunsanti) October 6, 2024
Al salir de clase, una de nuestras responsabilidades es dejar el aula lo más recogida posible. Un día les pedí que recogieran un papel del suelo.
Alguien dijo: “ que lo recoja la limpiadora”— Santi Villa (@soyunsanti) October 6, 2024
Ese mismo día, cuando quedé solo en el aula, se me ocurrió una idea. Pero necesitaba ayuda.
La ayuda me la prestó Clementina.
Cuando llegó a clase, le propuse algo:
Poner nota del uno al 10 en la pizarra, según como hubiésemos dejado la clase.— Santi Villa (@soyunsanti) October 6, 2024
Clementina estuvo de acuerdo.
Así que, una vez contaba con la ayuda de Clementina, me faltaba contarles, a las niñas y niños de clase, lo que íbamos a hacer.
Lo primero fue decirles que no tenían por qué dar por supuesto que la persona que limpiaba era una mujer .— Santi Villa (@soyunsanti) October 6, 2024
De hecho, en el colegio había un hombre que realizaba ese mismo trabajo en el piso de abajo.
Lo siguiente fue contarles que a partir de ese mismo día , la persona que limpiaba( de quien no dije el nombre) pondría una nota según hubiésemos dejado la clase.— Santi Villa (@soyunsanti) October 6, 2024
Si conseguían en una semana cuatro 9 o 10, los viernes daríamos una clase en el patio.
A partir de ahí, todo lo que pasó fue maravillosa .
Lo fue gracias a estos niños y niñas y, por supuesto, gracias a Clementina.— Santi Villa (@soyunsanti) October 6, 2024
Creciendo juntos a través del respeto.
Con el paso de los días, el cambio en la actitud de los alumnos era evidente. Cada mañana, al llegar al colegio, lo primero que hacían era mirar la pizarra para ver la calificación que Clementina les había dejado. Esta simple rutina generó una conexión inesperada entre los niños y la limpiadora, quien, de repente, pasó a ser alguien con nombre, con historia, y no solo una figura que aparecía al final de la jornada para dejar el aula impecable. Los niños se interesaban cada vez más por Clementina: le preguntaban sobre su vida, dejaban pequeños mensajes de agradecimiento y, de manera orgánica, comenzaron a respetar su trabajo de una forma genuina.
El primer día que teníamos nota, la clase llegó emocionada para verla.
A partir de ahí, empezaron a dejar en la pizarra notas, preguntas, agradecimientos … y siempre le dejaban un 10 por lo bien que nos dejaba el aula. pic.twitter.com/M6I07h6X5s— Santi Villa (@soyunsanti) October 6, 2024
Descubrieron que quien limpiaba su clase era una mujer llamada Clementina.
Que su cumpleaños era en octubre…
Y, las notas que se dejaban, eran emocionantes. pic.twitter.com/iNd7x3TUes— Santi Villa (@soyunsanti) October 6, 2024
En más de una ocasión, la calificación bajó, y Clementina, siempre paciente, les explicaba la diferencia entre “recoger” y “limpiar”. Recoger era su responsabilidad como alumnos, mientras que limpiar implicaba un esfuerzo adicional por parte de ella. Esta aclaración fue un momento clave para que los estudiantes comprendieran la importancia de su contribución en el cuidado del entorno, y cómo un pequeño gesto de orden podía facilitar el trabajo de quienes les rodeaban.
El valor de una despedida.
Sin embargo, cuando la dinámica parecía haberse establecido con naturalidad, llegó una noticia inesperada: Clementina se iba. Para los estudiantes, que habían desarrollado un vínculo emocional con ella, la noticia fue devastadora. Lejos de aceptarlo con indiferencia, los niños decidieron actuar. Organizaron una despedida sorpresa, querían demostrarle a Clementina lo mucho que había significado para ellos. Dibujos, cartas y mensajes de cariño se fueron acumulando en una muestra de gratitud hacia alguien que, en apenas unas semanas, se había ganado su afecto y respeto.
Algún día la nota bajaba y ella les explicaba porque no es lo mismo recoger que limpiar y lo que agradecía que dejaran la clase ordenada.
Y llegó un día que nos anunció que se marchaba… pic.twitter.com/wDvy25ahM8— Santi Villa (@soyunsanti) October 6, 2024
Así que organizaron una visita para poder ir a dar las gracias en persona a Clementina.
Y le prepararon dibujos y cartas.
Así que, el último día de Clementina, bajamos al gimnasio sin que ella lo supiera.
Y, de verdad, cuando se encontraron, fue emociónate y guapísimo. pic.twitter.com/UPbKGmBwgK— Santi Villa (@soyunsanti) October 6, 2024
Abrazaban a Clementina, le pedían que no se fuera, alguno lloraba, ella les abrazaba, les daba las gracias…
— Santi Villa (@soyunsanti) October 6, 2024
Lo que aprendimos de esto fue que no puede haber gente invisible.
Hay trabajos en los colegios que pasan desapercibidos.
La gente que limpia, quienes cuidan el comedor o hacen mantenimiento…
Y gracias a Clementina, los niños y niñas de 6c , aprendieron a empatizar con ella.— Santi Villa (@soyunsanti) October 6, 2024
A darse cuenta de que tenemos que facilitar el trabajo de los demás y, sobre todo a ser agradecidos.
A entender que un colegio es un lugar en el que trabaja mucha gente y conocernos ayuda a ser más generosos y a trabajar la empatía.— Santi Villa (@soyunsanti) October 6, 2024
Después de 5 años , no olvidamos a Clementina y todo lo que nos enseñó.
Gracias, Clementina ❤️— Santi Villa (@soyunsanti) October 6, 2024
El día de la despedida, el gimnasio del colegio se llenó de alumnos emocionados. Cuando Clementina entró, no pudo evitar conmoverse al ver la cálida recepción que le habían preparado. Los niños corrieron a su encuentro, abrazándola y pidiéndole que no se fuera. Algunos no pudieron contener las lágrimas, y le agradecieron todo lo que había hecho por ellos, tanto en su labor diaria como en las lecciones de vida que sin querer les había enseñado.
Para Clementina, aquel fue un día inolvidable, y para los estudiantes, el cierre de un capítulo que no olvidarían. Aprendieron una lección valiosa: la dignidad y el respeto hacia todas las personas, independientemente del rol que desempeñen, es algo que debe practicarse en cada rincón de la vida. Y aunque Clementina ya no estaría en el colegio, su legado quedaría grabado en la memoria de esos jóvenes para siempre.