Cuando el azar cambia una rutina.
Hay días en los que una decisión mínima —salir cinco minutos antes, mirar un mensaje, elegir un andén— separa la normalidad del sobresalto. Lo que parecía una jornada corriente se convierte, de repente, en un punto de inflexión para muchas familias a la vez. Y entonces el país entero se reconoce en una misma pregunta: ¿cómo se encaja una noticia así? En ese tipo de sucesos, la vida cotidiana se rompe por sorpresa y obliga a mirar más allá de lo propio.

A veces, el impacto no se mide solo por el número de afectados, sino por el eco que deja en los demás. Una llamada que no se responde, un trayecto que no se hace, un billete que se queda sin usar, y de pronto todo adquiere un significado distinto. La sociedad se queda suspendida en una mezcla de incredulidad y empatía, porque cualquiera pudo estar ahí. Y en esa sensación compartida, lo colectivo se impone a lo individual.
Lo más duro es que no existe un manual para reaccionar cuando la realidad golpea de forma tan brusca. La mente intenta ordenar lo ocurrido, buscar explicaciones, aferrarse a lo que sea que devuelva un poco de control. Se habla con conocidos, se repasan horarios, se miran mapas, se intentan cerrar cabos. Y mientras tanto, el silencio pesa en los teléfonos que no contestan.
Un tren que no se cogió.
En ese contexto, Javier del Val debía subir este domingo a un Alvia desde Atocha, en Madrid, con destino a Huelva, con la idea de bajarse en Córdoba, donde “tengo a la novia”. Pero no llegó a tiempo y lo perdió porque “llegué tarde”. “Me quedé a celebrar con unos compañeros después de un año estudiando a saco”, cuenta aún con el cuerpo en alerta y el recuerdo muy cerca. En su relato se mezcla el alivio con una sacudida que todavía no termina de asentarse.
Según explica en declaraciones a Europa Press, su novia le llamó varias veces y él no escuchó el teléfono. “Ya hoy está más relajada pero me llamaba histérica porque ella sabía que el tren que descarriló era el que yo tenía que coger”. En ese mismo trayecto viajaban opositores que regresaban del examen, y Del Val recuerda que “la mayoría de los opositores” que se presentan a esas plazas “son andaluces”. En su grupo de preparación, destaca el caso de “una chica que es una máquina estudiando y que seguro que está aprobada, y ahora está hospitalizada”.
El golpe no se queda en el susto: también abre un horizonte de incertidumbre práctica para quienes han resultado afectados. Del Val se pregunta qué va a hacer el Ministerio, porque “no van a poder presentarse a las próximas pruebas”, como el reconocimiento médico en un mes o las prácticas. “Hasta dentro de unos días no cojo ni Metro ni tren. Ya veré como bajo” a Andalucía, dice, dejando claro que el miedo también se instala en los gestos más básicos. Cuando algo así ocurre, hasta los hábitos más comunes parecen pedir permiso para volver.
Opositores y academias en vilo.
La gerente de Academia de Prisiones, Raquel López, explica que desde sus centros enviaron a “muchísimos” opositores andaluces al examen celebrado este domingo en la Universidad Complutense de Madrid para optar a una de las 900 plazas convocadas. “El teléfono no ha parado de sonar. Estamos fatal”, reconoce también a Europa Press. En sus palabras se nota el desgaste de una jornada de llamadas, comprobaciones y listas que no terminan. La prioridad, insiste, ha sido localizar a los alumnos y saber quién está bien y quién no.
López subraya que esta prueba es de las que más plazas ofrece y que “el 80% de los opositores que se presentan son de Andalucía”. Academia de Prisiones tiene presencia en todas las provincias andaluzas excepto en Jaén, y muchos de los aspirantes viajaron expresamente a Madrid para examinarse. Entre ellos, “tenemos heridos, desaparecidos, algunos que perdieron el tren…”, enumera la gerente, aún con la voz tomada por el shock. También recuerda que la primera alerta le llegó por la llamada de “una persona que sufrió después un golpe tremendo”.
El calendario, además, no se detiene aunque la realidad haya cambiado de golpe para algunos. Las notas del examen, indica López, saldrán “entre mañana martes y el miércoles”, y entre los heridos puede haber aspirantes que hayan aprobado pero no estén en condiciones de seguir el proceso. Para ellos, la academia anuncia una medida de apoyo: “ayudar con un año gratis de formación. Sean o no de la academia”. Es una forma de tender la mano cuando lo urgente y lo burocrático chocan con lo humano.
La sensación de “podríamos ser nosotros”.
Mientras unos se quedan con el vacío de lo que no fue, otros cargan con la impresión de haber rozado la tragedia. Rubén salió a las 18,30 de Atocha después de que su novia hiciera el examen en la capital, y ya en Villanueva de Córdoba el tren se detuvo “sin que nos dijeran nada”. Más tarde les comunicaron que volvían a Madrid y, durante el regreso, se enteraron de la gravedad del accidente. “En Atocha vimos que al Alvia se subían muchos de los que se habían presentado al examen. Decíamos: ¡podríamos ser nosotros y llegar a casa media hora antes! El destino ha querido que no sea así”, relata.
Con el paso de las horas, la historia se ha ido componiendo a base de testimonios, mensajes y comprobaciones angustiosas. Es un mosaico de viajes, exámenes, despedidas rápidas y planes sencillos que quedaron en pausa. Y como ocurre en estos casos, la conmoción no se limita a quienes iban a bordo: se extiende a sus entornos y a cualquiera que se imagine en esa misma escena. Las redes sociales, de hecho, se han llenado de comentarios sobre el suceso, con mensajes de apoyo, incredulidad y preguntas sobre lo ocurrido.