Una noticia que atraviesa generaciones.
La desaparición de una figura popular siempre provoca algo más que un titular: abre una conversación colectiva sobre memoria, humor y afecto. Hay nombres que se cuelan en la vida cotidiana sin pedir nada a cambio, simplemente por estar ahí durante años. Y cuando dejan de estar, se nota en sobremesas, en televisores encendidos y en los mensajes que vuelven a circular. Eso es lo que ha ocurrido con la muerte del actor y humorista Fernando Esteso.

Hay sucesos que interesan a gran parte de la sociedad porque funcionan como un espejo compartido. No solo informan: activan recuerdos y unen a personas que no se conocen, pero que han reído con lo mismo. En esos momentos, el público no mira solo la actualidad, también repasa su propia biografía. La cultura popular tiene esa capacidad de hacer familia durante unos minutos.
También interesa porque habla de cómo tratamos a quienes nos han acompañado desde el escenario, la pantalla o el teatro. Cuando alguien así se va, se reabre el debate sobre el reconocimiento, la gratitud y la manera en que despedimos a nuestras figuras queridas. Se comentan sus frases, sus gestos y el carácter que transmitían fuera del guion. Y cada generación encuentra su propia puerta de entrada para recordarlo.
El adiós y el peso de la salud.
La noticia llegó desde Valencia, donde el intérprete falleció a los 80 años tras una crisis de salud vinculada a problemas respiratorios agravados en los últimos meses. En los días previos, había permanecido ingresado en el Hospital Universitario La Fe, según informó la prensa local. Su entorno ya venía siguiendo con preocupación un deterioro sostenido desde finales del año pasado. La evolución terminó siendo irreversible pese a la atención médica recibida.
Medios como Levante-EMV detallaron que la insuficiencia respiratoria motivó el ingreso y marcó el desenlace. Ese diagnóstico, repetido en los primeros informes, puso nombre a un cuadro que se había vuelto más exigente con el paso de las semanas. Fuentes cercanas señalaron que el artista “ya estaba muy delicado de salud” antes de la hospitalización definitiva. Su ausencia en citas habituales durante las Navidades avivó los comentarios entre quienes le seguían desde hace décadas.
Esa preocupación se hizo más visible en escenas pequeñas, de esas que dicen mucho sin necesidad de grandes declaraciones. En la comida de Navidad en casa de Vicente Ruiz, a la que solía acudir, no pudo estar y quienes le esperaban recordaron que era “uno más en la mesa junto al resto de los amigos”. Semanas antes, en el programa ‘Fiesta’ de Telecinco, presentado por Emma García, dejó una frase que mezclaba humor y realidad: “Por la mañana me tomo diez pastillas y estoy como nuevo”. Detrás del chascarrillo, muchos vieron una señal clara de que su día a día estaba condicionado por una medicación constante.
Un icono de comedia y oficio.
El declive no empezó de golpe, sino que venía dibujándose desde hace años, con episodios que ya le habían vuelto más frágil. En 2021, una bronquitis marcó un cambio, y desde entonces cualquier complicación respiratoria tenía más impacto. Quienes trabajaron con él lo recuerdan como un profesional disciplinado, capaz de mantener el pulso del espectáculo incluso cuando el cuerpo pedía tregua. Su forma de afrontar la situación siempre tendía a la ligereza, sin dramatismos innecesarios.
En lo artístico, su nombre quedó ligado al de Andrés Pajares, con quien formó una pareja que definió una etapa de comedia muy reconocible. Aquellas películas fueron discutidas y celebradas a partes iguales, pero lograron algo difícil: convertirse en punto de encuentro para un público amplísimo. Títulos como Los bingueros se convirtieron en un fenómeno de taquilla y en una referencia inmediata para entender aquellos años. Más allá de ese tándem, Esteso sostuvo una carrera extensa en cine, teatro y televisión, siempre con un sello muy suyo.
Con el anuncio de su muerte, el impacto se extendió rápido entre compañeros de profesión y espectadores. El relato de sus orígenes en Zaragoza, en una familia vinculada al folclore aragonés, volvió a circular como parte de su identidad pública. Se recordó su cercanía con el público, esa sensación de que hablaba el idioma de la calle sin perder el oficio. Y, sobre todo, se subrayó que su legado no depende solo de un título o una época, sino de una manera de estar en escena.
Un funeral marcado por gestos y mensajes.
La despedida tuvo un primer tramo en el tanatorio de Valencia y, después, un traslado a Zaragoza para el entierro en la intimidad. Aun así, el ambiente se tensó por la ausencia de representación institucional, un detalle que llamó la atención entre quienes se acercaron a dar el último adiós. El amigo del cómico Luis Pardos lo expresó en voz alta: «Una vergüenza que no haya venido aquí un político a despedir a un zaragozano ilustre». La familia también mostró su malestar en la misma línea.
El hijo del actor, visiblemente afectado, resumió la sensación con una frase contundente: «Me parece lamentable, indignante, que no haya venido ninguna autoridad a despedirle». Esa queja se mezcló con una lectura más amarga: la idea de que el reconocimiento llega tarde o llega a medias, incluso cuando el cariño del público es evidente. En paralelo, se difundieron informaciones sobre su situación económica y su patrimonio, con datos que sorprendieron a parte de la audiencia. El propio Esteso ya había hablado de decisiones personales que le pasaron factura, con una confesión que quedó grabada: «Me arruiné y se arruinó la familia».
Y, como si el humor hubiera querido colarse en el último plano, hubo un detalle que terminó eclipsando casi todo lo demás. En el coche fúnebre, una corona llevaba un mensaje que muchos identificaron de inmediato por su guiño clásico: «Perdonen que no me levante». La frase, asociada a Groucho Marx, se leyó como un cierre con personalidad, fiel a alguien que convirtió la risa en oficio. Al final, las redes sociales se han llenado de comentarios sobre el chiste en la corona funebre, entre quienes lo celebran como un último gesto de ingenio y quienes lo interpretan como una despedida tan humana como inolvidable.