Un desenlace siempre imprevisible.
Cada edición de Bailando con las estrellas llega a su fin con una mezcla perfecta de talento, emoción y una gran dosis de incertidumbre. Aunque el formato está bien definido, la naturaleza del espectáculo y las dinámicas entre jurado y público hacen que prever al ganador sea una tarea prácticamente imposible. Las valoraciones pueden oscilar dramáticamente entre un baile y otro, y los favoritos de la noche pueden perder el liderazgo en cuestión de minutos. A ello se suma el peso decisivo del voto popular, que muchas veces contradice al criterio técnico del jurado.

El programa ha convertido sus galas finales en verdaderos dramas en directo. No faltan las lágrimas, los discursos viscerales y las tensiones entre jurado, presentadores y concursantes. Lo que empieza como una competición de baile termina siendo un fenómeno social que levanta pasiones tanto en plató como en redes sociales. Esa imprevisibilidad es también parte del encanto que mantiene al público enganchado edición tras edición.
Pero esa misma capacidad para sorprender es la que genera controversia. A medida que avanza la final, se perciben favoritismos, giros inesperados y valoraciones discutibles. Y aunque el entretenimiento está garantizado, cada desenlace deja un reguero de opiniones enfrentadas y preguntas sin resolver. Este año no ha sido la excepción.
Un jurado dividido y un plató encendido.
La gala de clausura volvió a poner sobre la mesa las tensiones que genera el favoritismo, incluso desde la conducción del programa. Jesús Vázquez, conmovido por una trayectoria de dos décadas, no pudo contenerse. “Me voy a mojar por lo de que no hay dos sin tres. Llevo 20 años siguiendo la carrera de este chaval y a mí también me encantaría que ganara Jorge aunque todos bailan muy bien”, expresó, desatando las reacciones inmediatas del jurado.

La réplica no tardó en llegar. Julia Gómez Cora fue contundente al recordarle que el público aún tenía la última palabra: “Yo quiero decir que queda aún un baile de cada uno, por eso yo no voy a decir todavía quién va a ser favorito. También el público en sus casas vota”. Blanca Li reforzó el mensaje, pidiendo mesura y respeto por el proceso. Sin embargo, Vázquez insistió en que su opinión era fruto de una historia personal y de un vínculo emocional.
Los finalistas, por su parte, dieron todo lo que tenían en el escenario. Cada pareja presentó tres coreografías: una seleccionada por el jurado, otra elegida por ellos mismos y una tercera de creación libre. Fue una gala de altísimo nivel técnico y artístico, donde cada punto contaba y los empates parecían inevitables.
Una lucha cerrada hasta el último segundo.
La tabla de puntuaciones reflejaba la intensidad del duelo. Nerea Rodríguez y Jorge González se colocaban en cabeza con puntuaciones perfectas. Nona Sobo los seguía muy de cerca, mientras Anabel Pantoja, cuarta en la clasificación técnica, conseguía remontar con una última actuación especialmente emotiva que le valió por fin el reconocimiento de algunos jueces.

La tensión alcanzó su punto máximo tras la última ronda. Con el jurado dividido, los focos se desplazaron hacia el veredicto del público. Fue entonces cuando se produjo el gran giro de la noche: Nerea, que había liderado con solvencia durante toda la gala, caía inesperadamente hasta el último puesto. Nona se quedaba con el bronce. Solo quedaban dos nombres en liza.
Y fue ahí donde se rompieron las quinielas. La victoria no fue para Anabel Pantoja, como muchos esperaban tras su fulgurante remontada. El título terminó en manos de Jorge González, cerrando un ciclo que se inició dos décadas atrás, cuando debutó en Operación Triunfo. Era su primera gran victoria en un talent de Telecinco tras varios intentos frustrados.
Una victoria sin recompensa tangible.
La emoción fue innegable, pero no tardó en surgir una pregunta clave: ¿con qué premio se alza el ganador de este concurso? En la mayoría de formatos protagonizados por celebridades, la recompensa suele ser una donación a una ONG o una oportunidad formativa en la disciplina artística en cuestión. Pero aquí, el reconocimiento parece limitarse al aplauso del público y a un trofeo.

“Llevamos 20 años peleando por esto. Las demás son tres Diosas y se lo merecen también pero oye, el corazón es el corazón, y manda”, había dicho Vázquez en uno de los momentos más sinceros de la noche. Sin embargo, esa emoción contrastaba con una realidad que decepcionó a muchos espectadores: no hubo dotación económica ni destino solidario para el galardón.
A diferencia de lo que ocurre en programas como MasterChef Celebrity o Tu cara me suena, en Bailando con las estrellas no existe ninguna compensación, ni simbólica ni práctica, para quien alcanza la cima. Ni una donación, ni una beca, ni una oportunidad profesional concreta. Solo la gloria del reconocimiento mediático y la efímera satisfacción del triunfo.
Una falta de premio que desluce el mérito.
Esta decisión ha generado un intenso debate entre la audiencia. Muchos se preguntan por qué un programa con tanta visibilidad y patrocinio no aprovecha su plataforma para generar impacto más allá del entretenimiento. Premiar a un concursante con algo más que una estatuilla parece, hoy, una oportunidad perdida.

En redes sociales, numerosos comentarios han cuestionado la coherencia del formato. ¿Tiene sentido una final tan reñida si el premio no trasciende lo simbólico? ¿Qué mensaje se está dando a los participantes y al público? En un mundo donde el talento se celebra pero también se remunera o se canaliza hacia nuevas metas, este vacío se percibe como una carencia difícil de justificar.
Así, la gala más espectacular de la temporada se ha cerrado con una sombra de decepción. No por el nivel de baile, ni por la emoción del resultado, sino por la falta de una recompensa tangible. Un cierre amargo que pone en entredicho la credibilidad de un formato que, aunque sigue enganchando, parece haberse olvidado de premiar como se debe a quienes lo hacen brillar.