Trágico suceso.
Hay muertes que son como un corte seco en el hilo de lo cotidiano. Pérdidas que no necesitan explicación para doler, porque se sienten como propias incluso si no conocimos de cerca a quien parte. Fallecimientos que conmueven a una comunidad entera, porque la persona ausente formaba parte del paisaje común: en la televisión, en los periódicos, en la vida pública.

Este viernes, el mundo del periodismo español se ha estremecido con la noticia del fallecimiento de una figura muy presente y muy querida en redacciones y platós. La reacción ha sido inmediata y cargada de incredulidad. La noticia se conoció en la mañana del 22 de agosto y rápidamente se convirtió en un motivo de luto compartido.
El adiós a un cronista brillante.
El periodista Javier Cid, de 46 años, fue hallado sin vida en su casa de Madrid. Su repentina partida ha provocado una oleada de reacciones entre colegas, amigos y espectadores. Con una carrera que combinaba televisión y prensa escrita, Cid era una presencia habitual en el programa Y ahora Sonsoles de Antena 3 y trabajaba también en El Mundo, donde dirigía la sección de Madrid.
El homenaje más sentido llegó en directo desde el propio plató de televisión. Pepa Romero, que sustituye a Sonsoles Ónega durante el verano, comunicó la noticia visiblemente emocionada: «Tenemos que terminar con una triste noticia para la profesión, para el mundo del periodismo. Nuestro compañero Javier Cid ha fallecido. Destacó con elegancia en todos los ámbitos periodísticos a los que se dedicó».
Un vacío imposible de llenar.
Romero apenas pudo contener las lágrimas al continuar: «Le teníamos un gran cariño, yo personalmente, Lorena también. Le mandamos un abrazo muy grande a su familia y a ti, Javier, allí donde estés, un beso enorme». El dolor compartido trascendía el plató: compañeros, lectores y espectadores lamentaban la pérdida de una voz que, sin hacer ruido, se había ganado el respeto y la admiración del gremio.
Nada hacía prever este desenlace. Apenas tres días antes de su fallecimiento, Cid firmaba una entrevista con la tonadillera María del Monte. En el diario El Mundo, su casa profesional durante dos décadas, su compañero Antonio Lucas lo despidió con estas palabras: «Tendríais que haberle conocido: inquieto, mordaz, rápido, viajero, presuntamente disparatado, certeramente trabajador…».
La huella de lo intangible.
Lucas añadió en su tributo: «A Javi hay que contarlo así, como lo vivimos. A Javi hay que quererlo de este modo, a su manera. Tomando apuntes para que su alegría nunca se pierda». Una despedida que recogía, en pocas líneas, la singularidad de un periodista con alma de narrador y sensibilidad de poeta.
Sonsoles Ónega, que permanece de vacaciones, también quiso rendirle homenaje con un texto tan doloroso como bello: «Nos quedamos sin la última, mi Javi. No te voy a escribir mejor que Antonio Lucas porque no te conocí desde Pradillo, pero ¡ay! AY con la mayúscula del escalofrío que aún no me sacudo». Su mensaje circuló por redes como un abrazo colectivo, como si las palabras pudieran calmar la pérdida.
«¡Ay, Javi! Lo que te gustaba la tele… Y eso que lo tuyo era la palabra perenne y no la caduca de un plató», continuaba Ónega. En su carta se mezclan la incredulidad, el afecto profundo y una despedida a la altura del periodista que fue. Una despedida que busca, entre líneas, lo imposible: que no se apague del todo su voz.
Nos quedamos sin la última.
La presentadora concluye su tributo evocando los detalles más íntimos del vínculo que los unía: «Nos quedarán tus escritos impecables. Tus mensajes a cualquier hora. Tu sonrisa (que siempre me pareció un poco triste). Tu mirada (que siempre me pareció de verdad)». Porque cuando alguien así se va, no desaparece: se queda en lo que escribió, en lo que compartió, en quienes lo recuerdan.
«Nos vemos donde sea, con el pretexto de siempre, que era ninguno. Sólo saber… cuándo nos tomábamos la última. Vuela bonito, amigo reciente, inolvidable», cierra Sonsoles. Una despedida que no solo honra la memoria de Javier Cid, sino que da voz a todos los que hoy sienten que el periodismo ha perdido algo irremplazable.