First Dates sigue siendo una caja de sorpresas.
Semana tras semana, First Dates sigue dejando sin habla a los espectadores. A pesar de ser un formato que lleva varios años en antena, sus creadores se las ingenian para encontrar a pretendientes que no dejan a nadie indiferente y que dan mucho de qué hablar. Además, afortunadamente para Cuatro, el dating show sigue teniendo una audiencia fiel y un gran seguimiento en las redes sociales.
El secreto del éxito de First Dates consiste, en parte, en que gracias al programa que sigue presentando Carlos Sobera aprendemos a ligar en la era moderna. Además, el formato hace una importante labor ayudando a visibilizar a las minorías, aprendemos los valores de la tolerancia… y, otras veces, simplemente nos muestran lo que bajo ningún concepto debemos hacer en una cita en absoluto.
Se asusta al conocer la edad de su cita.
Olinda acudió a First Dates con la esperanza de encontrar al señor adecuado con el que poder disfrutar de los placeres más aterradores de la vida. A Olinda siempre le ha atraído lo que muchas personas temen. Esto se hace evidente en sus tatuajes y sus planes de vida. Saltar en paracaídas, por ejemplo, es una actividad que la llama mucho. Según Olinda, el infinito es la vida, algo que ella trata de representar en su cuerpo.

Sin embargo, se topó con un policía jubilado que, además de ser amante de la ley y el orden, no compartía nada en común con ella. A pesar de todo, esto no fue un impedimento para que Olinda quisiera conocerle. La vida de Olinda ha sido un camino lleno de altibajos, como explicó a lo largo de su cita.
Se casó una vez y tuvo tres hijos con su primer marido, quien falleció repentinamente. Luego, se volvió a casar con un pintor, anarquista, y autónomo, lo cual le resultó un tanto complicado. A pesar de los desafíos, Olinda sigue adelante, convencida de que el infinito es la vida.
La joven estaba muy nerviosa al llegar al restaurante. Sabía que su cita estaba llegando y que, para empezar, el hombre tenía que cumplir con una petición: que su pretendiente fuera educado. Además, había exigido que no tuviera ni tripa ni peluquín. Cuando finalmente se encontraron, aunque ella no quería verle fruto de los nervios, finalmente no tuvo más remedio que mirarle.
Manuel, el soltero, se acercó a preguntarle cómo prefería que se presentara, y ella le respondió que Manolo no le gustaba. Esto provocó que el hombre hiciera una reflexión sobre cómo le habían apodado a lo largo de su existencia.
La soltera, en base a su atuendo, decidió que debería llamarle Manuel. Olinda estaba ansiosa por saber de dónde era el soltero, así que este, con una sonrisa, empezó a contarle cómo había sido su vida desde que nació en un pequeño pueblo hasta que se jubiló como inspector de policía. Le habló de sus primeros años en un internado, de cómo conoció a su esposa y de cómo se crió en Astorga.
Manuel, con la intención de cederle el turno de palabra a Olinda, se quedó en silencio esperando que ella le contara algo de su vida. Sin embargo, la chica no parecía tener muchas ganas, por lo que le preguntó acerca de sus últimas relaciones. Él, sorprendido, decidió contarle cómo hacía para conocer mujeres. Le habló de que puso un anuncio para conocerlas y de que las fue conociendo por orden. Al oír esto, Olinda alucinó porque ella era muy caótica y desorganizada.
“¿Estás bien de salud?”
El soltero le contó que su última relación había llegado a su fin debido a la llegada de los nietos. Él tenía claro que había llegado el momento de que disfrutase de su jubilación, y no estaba dispuesto a asumir la responsabilidad de cuidar a los nietos de nadie. Además, tenía una edad en la que ya le molesta prácticamente todo. De hecho, cuando su cita le dijo que tenía cinco hijos, sintió una profunda desazón.
La cita no estaba funcionando, pero lo peor fue cuando Manuel se interesó por la edad de Olinda. Él insistió en que no está para cuidar a nadie y no escondió su desagrado al saber que su cita tenía 77 años “¿Estás bien de salud?”, le preguntó con muy mala educación.
Finalmente, Olinda le comunicó su decisión definitiva: no tenían nada que les uniera, y no veía motivos para quedar de nuevo. Esto agradó a Manuel, puesto que compartía su misma opinión. No quería engañarse a sí mismo con algo que, al fin y al cabo, resultaría imposible. Por ello, aceptó la triste realidad de que su relación nunca iba a suceder.