El eterno encanto de las primeras citas.
‘First Dates’ lleva años haciendo de lo cotidiano un espectáculo: dos desconocidos se sientan a cenar con cámaras como testigos y la esperanza de encontrar el amor en apenas una hora de televisión. Su fórmula sencilla, pero efectiva, ha convertido al programa en un pequeño fenómeno social. Más que un dating show, es un retrato acelerado de lo que buscamos (y evitamos) cuando queremos enamorarnos.
A lo largo de sus temporadas, el restaurante de Carlos Sobera ha recibido a miles de aspirantes, cada uno con su historia, su anhelo o su curiosidad. La audiencia regresa noche tras noche por esa mezcla de nervios, vulnerabilidad y momentos incómodos que todos reconocemos. En un mundo de citas por app y algoritmos, ver cómo dos personas intentan conectar cara a cara tiene un valor casi nostálgico.
Pero además del factor emocional, el programa también sabe muy bien cómo construir tensión, generar sorpresa y darle al espectador su ración de drama amable. Y eso es justo lo que ocurrió en la cita de Susana, que llegó al plató acompañada de su hermano, siguiendo la estela familiar de su padre, que también había pasado por el restaurante.
A veces, las expectativas no se cumplen.
Aunque el patriarca tuvo suerte en su paso por el programa, a Susana le tocó una experiencia bien distinta. Desde el primer vistazo, su hermano ya sospechaba que Juan, el soltero que le habían asignado, no era precisamente su tipo. Alto, musculado, con gafas y bigote, el joven malagueño de 28 años no tardó en ser calificado como “parado” por parte de su familia.

La cita arrancó con ese clásico juego del despiste en el que el equipo de ‘First Dates’ hace pensar que la cita es con otra persona. Finalmente, Juan fue llevado hasta la mesa donde Susana lo esperaba, y durante los primeros minutos, pareció haber cierto interés. “Me siento como protegida”, llegó a decir ella, impresionada por su altura.
Sin embargo, la ilusión inicial no tardó en desvanecerse. A medida que avanzaba la cena, Susana se fue desinflando. En un momento dado, se excusó para ir al baño y aprovechó para sincerarse con su hermano: “De cara no… No me gusta, está un poco bizco”. Más tarde, en una llamada telefónica a su padre, fue aún más clara: “Le he tocado el bíceps y no ha funcionado”.
Cuando el guión no puede forzar la química.
Aunque la cita no fluyó, el programa intentó suavizar el ambiente juntando a ambas parejas en la zona del baile. Hubo complicidad entre las chicas, pero también coincidieron en algo más: sus citas no les habían convencido. Las sonrisas se volvieron educadas y la conversación, cortés pero distante.
El momento del pergamino, esa especie de ritual final donde se decide si hay o no segunda cita, trajo consigo la típica tensión televisiva. A pesar de las dudas, Susana optó por mantenerse amable hasta el último minuto. Cuando Juan expresó su interés por seguir viéndola, ella no titubeó en dar una negativa sincera.
«Porque nos ha faltado atracción sexual. Eres deportista y buena persona, pero me ha faltado la chispa», le explicó, cerrando la cita con elegancia. Una frase directa, sin dramatismos, pero cargada de verdad. Lo que no aparece, simplemente no puede forzarse, ni siquiera con luces, cámaras y la magia del prime time.
El amor no siempre se encuentra en televisión.
Lo interesante de ‘First Dates’ es que no siempre triunfa el amor, pero siempre triunfa el reflejo humano. Susana fue honesta, su cita fue respetuosa y el público obtuvo lo que buscaba: un retrato más de las muchas formas en que una conexión puede (o no) surgir.
En un mundo donde el espectáculo suele imponer el final feliz, la televisión agradece estos momentos reales, en los que alguien reconoce que no ha sentido lo que esperaba. Y eso, a veces, es igual de valioso que encontrar pareja. Porque también es amor saber decir que no.