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La alerta de los geólogos sobre Grazalema por los estragos del temporal hace temer lo peor: «Un extraño crujido en el suelo…»

Alerta y medidas extraordinarias.

La rutina de un pueblo puede romperse en cuestión de horas cuando la naturaleza aprieta y obliga a activar protocolos poco habituales. En esos momentos, lo que parecía un problema local se convierte en una preocupación compartida, porque cualquiera entiende el vértigo de ver peligrar tu casa y tu calle. Hay sucesos que impactan a toda la sociedad porque tocan lo básico: la seguridad, la calma y la sensación de control. Y también porque recuerdan lo rápido que puede cambiarlo todo cuando el terreno da señales de fatiga.

En ese contexto, los equipos de Agencia de Emergencias de Andalucía comunicaron este jueves el desalojo preventivo de 1.500 residentes de Grazalema, ante el riesgo de hundimientos tras las precipitaciones asociadas a la borrasca Leonardo. La dirección del Plan de Emergencia ante el Riesgo de Inundaciones (PERI) tomó la decisión tras una reunión del Puesto de Mando Avanzado instalado en el municipio. En situaciones así, el mensaje institucional suele insistir en la anticipación como forma de protección colectiva. La idea es clara: actuar antes de que cualquier indicio se convierta en un problema mayor.

La operación se diseñó como una evacuación coordinada, escalonada y ordenada, con participación de distintos cuerpos y administraciones. En el despliegue figuraban recursos de la Junta, junto a Unidad Militar de Emergencias y Guardia Civil, además de servicios como Infoca y Protección Civil. Son escenas que impactan a toda la sociedad porque muestran la logística humana detrás de la seguridad pública: rutas, turnos, vehículos, puntos de encuentro. Y porque, mientras se movilizan uniformes y autobuses, también se movilizan emociones.

Un pueblo que se reorganiza en horas.

El dispositivo contempló atención especial para personas vulnerables y habilitó un albergue en Ronda, con apoyo de Cruz Roja. Las autoridades dividieron el municipio en nueve zonas para ejecutar la salida de forma progresiva y sin aglomeraciones. La única vía de evacuación conducía hacia el polideportivo El Fuerte, concebido como centro de recepción. Desde allí, se organizó la distribución de los afectados hacia alternativas de hospedaje para quienes lo necesitasen.

Para los vecinos sin medios propios, el plan incluyó traslados a un hotel de la localidad y, posteriormente, el desplazamiento hasta Ronda. Entre los recursos disponibles se contaban autobuses movilizados por el operativo, incluidos dos vehículos con capacidad para 80 personas aportados por la UME. Este tipo de medidas también conmueven fuera del lugar afectado, porque cualquiera puede imaginar lo que implica cerrar una puerta y salir sin saber cuándo volverá. No es solo una decisión práctica: es un corte brusco con la normalidad.

Mientras avanzaba la tarde, las historias individuales empezaron a explicar lo que los partes técnicos solo pueden resumir. La primera vez que Álvaro Moscoso escuchó el extraño crujido fue sobre las diez de la noche del miércoles: “Creí que se había caído un muro antiguo”. Juan Baena lo describió como un zumbido “seco y sordo, algo desconocido”, y Mari Ángeles Vega habló directamente de una “explosión”. El relato común apuntaba a un día extremo: 581 litros por metro cuadrado en apenas 24 horas, con suelos y muros convertidos en manantiales.

La señal bajo los pies.

Con el paso de las horas, la preocupación se centró en el acuífero que discurre bajo el casco urbano y en la presión acumulada por el agua. El pueblo terminó desalojado por completo antes de las ocho de la tarde, en una imagen poco frecuente incluso para una zona acostumbrada a episodios intensos. Alrededor de 1.500 personas tuvieron que marcharse, en una localidad donde constan 1.977 vecinos censados. El inicio del operativo llegó tras comparecencias públicas del alcalde, Carlos J. García, y del presidente andaluz, que defendieron la evacuación como la mejor salida por “prevención”.

El presidente de la Junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno, detalló el motivo con una explicación técnica que buscaba traducir la urgencia al lenguaje común: “Cuando un acuífero se colma, el agua tiene que salir y cuando empieza a salir, pues empieza a meter presión a las paredes del propio acuífero y puede haber pequeños deslizamientos. En definitiva, se pueden generar esos movimientos de tierra que podría precipitar o posibilitar algún tipo de destrucción de una calle, de una casa, eso podría pasar”. En emergencias así, lo que se comparte socialmente es esa mezcla de datos y temor: lo que se sabe y lo que podría ocurrir. Por eso el impacto trasciende fronteras municipales y se convierte en conversación general.

La decisión se adoptó después de escuchar al equipo de geólogos incorporado al puesto de mando, activado al mediodía del miércoles. La lluvia llevó a la alerta roja al que suele citarse como el pueblo más lluvioso del país, y la sensación fue, según vecinos, la de entrar en un escenario desconocido. “El agua empezó a salir por los suelos”, contó Carlos Fernández, vecino de Zahara que acudió a la casa de sus padres, de 87 y 83 años, alarmado por la situación. Los primeros signos se observaron en la zona baja por la mañana, y por la noche el fenómeno ya se había extendido a otras áreas.

En ese momento, el conocimiento popular del lugar se mezcló con el asombro ante la magnitud del episodio. “En el pueblo todos sabemos que estamos sobre un acuífero y que el pueblo lo recorren ríos subterráneos, era algo sabido”, explicó Baena, ingeniero y responsable de una fábrica de lanopellets recién iniciada en la localidad. Lo inesperado fue que el agua buscara salida por puntos domésticos impensables: un dormitorio, un cuadro de luz, un enchufe o una esquina. Vecinos y efectivos abrieron rozas y calas en paredes y escalones para canalizar el agua hacia la calle, pero la escena no dejó de evolucionar.

La noche sumó más incertidumbre: crujidos repetidos y la impresión de que algo estaba cediendo, aunque no hubiera confirmación inmediata de daños estructurales. Incluso hubo quien temió por la presa que abastece al municipio, el Embalse de El Fresnillo, que la mañana del jueves la UME logró estabilizar. Moscoso calculó que, tras el primer sonido, la tierra crujió “por lo menos tres más”, y durante el día, ya con lluvia menos intensa, volvió a ocurrir. Ese tipo de detalles —un ruido, una grieta, una filtración— son los que se vuelven universales: cualquiera entiende el escalofrío de oír tu casa hablarte. Y por eso, al final, las redes sociales se han llenado de comentarios sobre la advertencia de los geólogos y la decisión de actuar antes de que el subsuelo diga la última palabra.