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Fallece trágicamente Alfonso Ussía

Triste noticia.

La desaparición de figuras esenciales en la vida cultural o pública provoca siempre un estremecimiento que atraviesa a toda la ciudadanía. Son pérdidas que abren un silencio peculiar, uno que no nace solo de la ausencia, sino del recuerdo inmediato de aquello que aportaron. En esos momentos, incluso quienes nunca conocieron personalmente al fallecido sienten que algo se ha quebrado en el paisaje cotidiano. Las reacciones se multiplican, pero el desconcierto inicial es común.

Cuando alguien cuya voz ha formado parte del debate colectivo durante décadas se apaga, la sensación de orfandad se intensifica. La sociedad constata lo frágil de sus referentes, aquellos que acompañan con ideas, ironías o preguntas incómodas. No se trata únicamente de una figura pública más, sino de alguien cuyo trabajo consiguió atravesar generaciones. Y esa constatación pesa, porque obliga a mirar hacia atrás para comprender la magnitud de la trayectoria perdida.

La conmoción se redobla cuando la noticia sorprende a todos en pleno acto de actividad creativa. Hay muertes que parecen encajar con un ciclo concluido, y hay otras que irrumpen como una ráfaga en mitad de un trabajo aún en marcha. Esa interrupción abrupta añade una dimensión trágica a la despedida. La sociedad percibe entonces no solo lo que esa persona hizo, sino lo mucho que todavía estaba dispuesta a seguir diciendo.

Trayecto vital.

Solo entonces se conoce el nombre: se trata del escritor y periodista Alfonso Ussía, cuya muerte a los 77 años en Madrid ha sido confirmada por los medios donde colaboró toda su vida. Su carrera fue extensa y poliédrica, construida primero en la poesía satírica y luego en columnas que diseccionaban la realidad con un humor que rara vez dejaba indiferente. Quienes siguieron su obra reconocen en él una voz afilada, capaz de cuestionar desde una perspectiva singular los temas más diversos.

Incluso en sus últimos días continuó escribiendo, o más bien dictando, para el diario El Debate, donde publicó su último texto apenas unas jornadas antes de morir. La intensidad con la que mantuvo su trabajo sorprendió incluso a compañeros que lo veían disminuir físicamente pero no creativamente. Uno de ellos relató que, aun sin poder teclear, seguía construyendo párrafos con la misma energía de siempre, apoyado por su hija en un proceso casi ritual.

La noticia de su fallecimiento fue acompañada de testimonios que subrayan ese compromiso inquebrantable con la escritura. Para Ussía, según quienes lo conocieron de cerca, redactar no era una disciplina sino un impulso vital. Por eso su historia finaliza del modo más coherente con su biografía: trabajando hasta el límite, incluso cuando la voz se volvía tenue y el cuerpo ya anunciaba su despedida.

Un legado persistente.

Su presencia pública también se mantuvo activa hasta este mismo año, cuando recibió en Cantabria el Premio de Cultura 2025 de la Comunidad de Madrid. Aquel acto, discreto y cercano, mostraba a un Ussía lúcido y orgulloso de una trayectoria que ya pertenecía al imaginario cultural español. Muchos entendieron entonces que su figura seguía plenamente vigente, más allá de su salud.

Autor prolífico, firmó más de cuarenta libros entre poemarios satíricos, recopilaciones de artículos y series literarias que conquistaron a lectores fieles. Algunas de sus obras, como Fustazos y caricias o El temblor diario, se convirtieron en referencias de un estilo propio, a medio camino entre la crítica social y la mirada humorística. Su producción literaria convivió siempre con su trabajo periodístico, complementándose en una misma voz reconocible.

Nieto del dramaturgo Pedro Muñoz Seca, heredó no solo un linaje artístico sino una sensibilidad aguda para detectar el matiz irónico en los grandes asuntos de la vida pública. A lo largo de su carrera obtuvo importantes reconocimientos, desde el Mariano de Cavia hasta la Gran Cruz de la Orden del 2 de Mayo. Su marcha deja un vacío evidente, pero también una obra capaz de seguir dialogando con quienes buscan en la palabra escrita un modo de entender el mundo.