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«Estaban obsesionados con…»: El verdadero motivo por el que los padres de la «casa de los horrores» de Oviedo encerraron a sus hijos

Prisión para el matrimonio.

Algunas historias sacuden la conciencia colectiva. No importa cuántas veces hayamos oído hablar de negligencia o encierro, siempre hay casos que rompen cualquier expectativa de horror. Esta semana, una noticia procedente de Asturias ha dejado helada a toda España: una pareja fue enviada a prisión provisional tras descubrirse que sus tres hijos vivían completamente aislados desde 2021.

El domicilio en cuestión es un chalet en Fitoria, una zona boscosa a las afueras de Oviedo. Allí, los niños, de entre ocho y diez años, dormían en cunas, llevaban pañales y no conocían la vida fuera de las paredes de su hogar. Su situación llamó la atención de las autoridades por el deterioro visible de su estado y las condiciones antihigiénicas del lugar.

El miedo como prisión.

La razón, según los padres, era una obsesión con la salud de sus hijos. El miedo al covid se habría transformado en una justificación para el aislamiento extremo. Los pequeños no solo llevaban mascarillas superpuestas, sino que también se mantenían alejados de cualquier visitante, incluido el personal policial, a quienes sus progenitores exigieron mantener distancia y usar protección.

A esto se sumaba una fijación con posibles enfermedades mentales. El matrimonio, de origen alemán y estadounidense, aseguraba que sus hijos padecían TDAH, aunque no aportaron ningún diagnóstico médico válido. La última vez que los menores tuvieron contacto con servicios sanitarios fue en 2019, según consta en el atestado policial.

Una vida paralela.

Las autoridades se toparon con habitaciones caóticas, basura acumulada y medicamentos comprados por internet. Los niños vivían ajenos al exterior, sin siquiera haber aprendido español pese a llevar años en el país. Según la madre, el encierro fue una consecuencia del pánico desatado por la pandemia, una bola de nieve que no supieron detener a tiempo.

Todo apunta a que la mudanza desde Alemania fue un intento por evitar la escolarización obligatoria. Allí, al no poder justificar la educación en casa por motivos médicos, se enfrentaban a una posible intervención estatal. España se convirtió, entonces, en su refugio para ejecutar un plan de aislamiento que duró más de tres años.

Algunos medios comparan esta historia con los movimientos negacionistas surgidos durante el covid. Hubo quienes se mudaron a países sin restricciones, como Tanzania o Paraguay, para escapar del control sanitario. Pero este caso tiene un matiz distinto: aquí no se trató de una huida hacia la libertad, sino de la imposición de un encierro absoluto.

Aunque no se han identificado signos de violencia física, los menores vivían privados de toda interacción con el mundo. “Caminaban encorvados y tocaban el césped como si fuese la primera vez”, dijeron los agentes que los encontraron. Su comportamiento era el de niños que apenas habían conocido la luz del sol.

Más allá de la pandemia.

En la casa, los policías hallaron excrementos de animales, desorden extremo y un gato en estado de abandono. Las cunas y pañales se convertían en símbolos de una infancia detenida, congelada en el tiempo por el miedo y la obsesión. Nada parecía evolucionar en esa vivienda, ni el lenguaje, ni el juego, ni el crecimiento.

Ahora, la justicia deberá determinar si lo ocurrido fue fruto de una enfermedad mental, de un fanatismo sanitario o de una negligencia deliberada. Lo único claro es que tres niños han perdido años esenciales de sus vidas. Y que una sociedad entera se pregunta cómo algo así pudo pasar sin que nadie lo viera venir.