Trágica noticia.
Existen muertes que se sienten como un estruendo silencioso en la memoria compartida de una sociedad. Son esos fallecimientos que, sin ser personales, nos tocan profundamente porque representan una parte de la historia emocional de todos. Cuando se apaga la vida de alguien que nos ha hecho reír, que ha formado parte del imaginario común durante generaciones, la pérdida adquiere una dimensión colectiva.

Este es el caso del cineasta Mariano Ozores, que ha fallecido en Madrid a los 98 años. Su legado, tan presente en la cultura popular como en los salones de nuestras casas durante décadas, lo convierte en una figura imposible de obviar. Ozores fue mucho más que un director de comedias: fue un creador de mitologías domésticas, un cronista cómico de tiempos difíciles.
La fábrica de risas en tiempos grises.
Ozores firmó casi un centenar de películas, en su mayoría comedias que supieron calar en el público a pesar —o precisamente por— su modestia de medios. En sus propias palabras, repetidas por muchos de sus colaboradores: «Vamos a divertirnos y ya, si eso, hacemos una película». Con esa consigna, convirtió el entretenimiento ligero en una maquinaria de éxito en taquilla.
Durante los años 60, se rodeó de actores que hoy son iconos del cine español: José Luis López Vázquez, Gracita Morales, Alfredo Landa o Lina Morgan. Películas como Objetivo BI-KI-NI o Los bingueros no solo arrancaban carcajadas, también eran reflejo de una España en transformación, vista a través del prisma de la risa popular. Lejos de la alta cultura, Ozores conectó con lo cotidiano, con lo que hacía falta para sobrellevar el día.
Fallece el director y guionista Mariano Ozores, Goya de Honor 2016. Artífice de la risa española, nos ha dejado este miércoles a los 98 años en Madrid.https://t.co/fvlXmP4OgM pic.twitter.com/n8mrBfFynG
— Academia de Cine (@Academiadecine) May 21, 2025
A pesar de que cultivó diversos géneros, fue en la comedia donde encontró su terreno más fértil. Desde sus primeros pasos en la sátira hasta el éxito masivo del cine del destape, su estilo evolucionó sin perder el pulso del espectador medio. La crítica pudo ser implacable, pero el público siempre estuvo allí.
El landismo y más allá.
En los 70, Mariano Ozores se convirtió en el rostro visible del llamado landismo, comedias rápidas, picantes y baratas que sacaban partido de la relajación de la censura. Fue el tiempo de títulos como Fin de semana al desnudo o Dormir y ligar, todo es empezar, donde el humor se mezclaba con la picaresca y la crítica social disfrazada de absurdo.
La llegada de Los bingueros marcó un nuevo hito. Una idea sencilla pero poderosa: juntar a Pajares y Esteso en una historia sobre el bingo. El resultado fue un éxito sin precedentes, el mayor de la historia del cine español durante años. Ozores supo exprimir la fórmula con una cascada de títulos que combinaban actualidad, erotismo liviano y carcajada directa.
Esta racha imparable no duró para siempre. A medida que los tiempos cambiaban, el estilo de Ozores fue perdiendo fuelle. Sin embargo, nunca se detuvo. Dio el salto a la televisión con series como Taller mecánico y El sexólogo, la última marcada por la polémica. Siempre en movimiento, siempre reinventándose.
Reivindicación de lo popular.
En 2016, la Academia de Cine puso punto final a una vieja deuda al otorgarle a Mariano Ozores el Goya de Honor. Fue una especie de reconciliación tardía entre la industria y un creador que, sin el favor de la crítica, había logrado algo más difícil: el cariño del público. Sus películas, aunque tachadas durante años de “caspa nacional”, son hoy memoria viva.
Y es que hablar de Ozores es hablar de una manera muy concreta de hacer cine. Una que no aspiraba a premios ni buscaba prestigio, pero que entendía el valor del entretenimiento como consuelo, como retrato fiel de una sociedad con ganas de reírse de sí misma. En tiempos duros o confusos, su cine fue un refugio sin pretensiones.
Mariano Ozores no fue un cineasta de culto. Fue algo más raro y quizás más valioso: un director que supo entrar en las casas y quedarse. Y ahora, con su partida, también se va un trocito de esa España que, entre carcajadas, aprendió a mirarse al espejo.