Un golpe que atraviesa al deporte.
Hay noticias que detienen el pulso colectivo y dejan un silencio difícil de explicar. Cuando fallece una persona conocida o influyente en su ámbito, la conmoción se extiende mucho más allá de su entorno cercano. No se trata solo de una pérdida individual, sino de la sensación de que algo compartido se rompe. El fútbol, como espacio emocional y social, suele amplificar ese impacto de forma inmediata.
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En Asturias, la jornada quedó marcada por una ausencia que pesó desde primera hora. La muerte de Iván Palacios, ligado durante décadas al Real Oviedo y al fútbol regional, generó una reacción de tristeza que trascendió los colores. Su trayectoria estaba asociada al trabajo constante, muchas veces silencioso, y a una forma de entender el deporte desde dentro. La noticia cayó como un mazazo entre quienes lo conocieron y también entre quienes solo sabían de él por su labor.
No es un caso aislado, y quizá por eso el efecto es aún más profundo. Cada cierto tiempo, la desaparición de figuras relevantes recuerda la fragilidad de quienes parecen imprescindibles. Entrenadores, técnicos o referentes de proyectos sociales se convierten en símbolos de una época y de una manera de hacer las cosas. Cuando se van, dejan una sensación de vacío difícil de llenar.
Una vida dedicada a construir.
Iván Palacios llevaba casi seis años vinculado al área internacional de la Fundación Real Oviedo, un trabajo que lo llevó a recorrer distintos países y a poner en marcha iniciativas duraderas. Antes había pasado por numerosos banquillos del fútbol asturiano, acumulando experiencia y respeto en categorías muy diversas. Su nombre estaba asociado tanto al césped como a la gestión, siempre desde una perspectiva cercana. Esa combinación explica por qué su pérdida se sintió en tantos frentes distintos.

El propio club quiso expresar públicamente su pesar por la noticia. «Hoy es un día muy triste. Lamentamos profundamente el fallecimiento de nuestro compañero y parte importante en el crecimiento de la Fundación, habiendo sido también entrenador de nuestra cantera», señaló el Real Oviedo en un comunicado. Más allá de las palabras institucionales, el mensaje reflejaba una relación prolongada y sincera. Palacios no era solo un profesional, sino alguien integrado en la vida diaria del club.
Su huella también se dejó notar en proyectos que conectaron Asturias con otros continentes. Fue el impulsor de la Academia Ajuwa Real Oviedo en Nigeria, una iniciativa que permitió a jóvenes talentos formarse dentro de una estructura educativa y deportiva. Algunos de esos futbolistas llegaron a debutar en categorías profesionales, demostrando el alcance real de la idea. El proyecto se convirtió en un ejemplo de cómo el fútbol puede abrir caminos inesperados.
Un legado que trasciende el campo.
La enfermedad marcó un antes y un después en su vida, pero no alteró su manera de entender el deporte. En una entrevista concedida a LA VOZ DE GALICIA, Palacios afirmaba que el Real Oviedo es «un club que nunca me abandonó y al que considero parte de mi familia». Esa relación de apoyo mutuo fue clave para mantener activos sus proyectos durante años complejos. Su discurso siempre estuvo ligado a la gratitud y a la mirada larga.

También subrayaba el valor humano de su trabajo fuera de España. «Cambiar vidas a través de la educación y del fútbol» era una de las ideas que repetía al explicar su labor en África, un continente que lo marcó profundamente. En ese mismo contexto agradecía el respaldo recibido por parte de «César Martín, Roberto Suárez y el Grupo Pachuca en general». Para él, el balón era una herramienta, no un fin en sí mismo.
Tras conocerse la noticia, las redes sociales se llenaron rápidamente de mensajes de recuerdo y reconocimiento. Aficionados, exjugadores y profesionales del fútbol compartieron anécdotas y palabras de cariño. El impacto digital reflejó lo que ya se percibía en la calle: una despedida colectiva y sentida. Así, la memoria de Iván Palacios quedó fijada también en ese espacio común donde hoy se expresan las emociones públicas.