web analytics

El trágico fallecimiento de Cris, el hijo del periodista Andrés Aberasturi, a los 44 años

Reflexiones íntimas de un comunicador que marcó una época.

La vida de quienes han dedicado décadas a los medios de comunicación está llena de historias que merecen ser escuchadas. Entre micrófonos, cámaras y columnas de prensa, algunos profesionales han dejado una huella que va mucho más allá de sus apariciones públicas. Este es el caso de un periodista que ha sabido conectar con el público a través de su estilo cercano y humano. Su trayectoria, que abarca radio, televisión y prensa escrita, lo ha convertido en un referente para varias generaciones.

Los profesionales con carreras tan completas suelen encontrar en sus vivencias una fuente de inspiración constante. La comunicación, para ellos, no es solo un trabajo, sino una forma de vida que les permite narrar lo cotidiano con sensibilidad. En un mundo cada vez más acelerado, estas voces destacan por su pausa y su capacidad de transmitir emociones sin artificios. Su historia es la de alguien que, tras años de exposición pública, ha optado por la calma y la introspección.

El interés por figuras con esta trayectoria sigue muy vigente, porque representan la esencia de una comunicación auténtica. La sociedad valora cada vez más a quienes son capaces de ofrecer relatos personales alejados del ruido mediático. En este sentido, las experiencias de estos comunicadores se convierten en un espejo en el que muchos pueden reconocerse. La noticia que hoy nos ocupa nos abre una ventana a ese mundo más íntimo y personal.

La vida en la tranquilidad del hogar.

El protagonista de este relato es Andrés Aberasturi, un periodista que ha trabajado en todos los medios y que ha conquistado al público con un estilo único. Él mismo confesó que ha llevado bien la etapa de confinamiento porque, según sus palabras, “soy de natural confinado, no salgo mucho”. Estas declaraciones reflejan su carácter reservado, alejado de la necesidad constante de exposición que caracteriza al mundo actual.

Durante los meses más complicados, lo que realmente echó de menos fue el contacto físico con sus nietos. Para poder verlos sin incumplir las restricciones, buscó fórmulas ingeniosas como encontrarse con ellos en Meco, donde podía saludarles desde la distancia. Sus nietos residen en Madrid, mientras que él ha establecido su vida en un entorno más rural, en Guadalajara. Esa imagen de reunión contenida y afectuosa resume bien el espíritu con el que enfrentó la situación.

Andrés Aberasturi ha encontrado en la vida tranquila del campo un refugio que valora especialmente. Se siente feliz rodeado de la naturaleza, donde incluso sus animales tienen un lugar destacado. “Mi gallinero es un ejemplo de integración, tengo tres gallinas negras y una blanca”, comenta con humor, mostrando su apego a lo sencillo. Además, comparte detalles de su día a día, como el hecho de tener que preparar la piscina para la llegada de sus nietos.

Una mirada hacia la familia y los valores.

La relación de Aberasturi con su familia es uno de los pilares de su vida. Su dedicación hacia su hijo Cris, que nació con parálisis cerebral, es un ejemplo de compromiso y amor incondicional. Él mismo ha señalado que “quitar la educación especial es una barbaridad”, en defensa de un sistema que considera esencial para la calidad de vida de muchas familias. Estas palabras reflejan su preocupación por los derechos de las personas con discapacidad.

La vida familiar y la vocación profesional se han entrelazado en su trayectoria, marcando su manera de ver el mundo. Esa mezcla le ha permitido ofrecer una comunicación más humana y empática, reconocida por quienes han seguido su carrera. Sus vivencias muestran que la verdadera relevancia de un comunicador no siempre está en sus apariciones públicas, sino en la coherencia entre lo que dice y lo que vive. En su caso, ambos planos parecen estar en equilibrio.

Historias como la suya invitan a reflexionar sobre los cambios que ha vivido la comunicación en las últimas décadas. De los grandes estudios y redacciones, ha pasado a escribir para sí mismo, en un ejercicio de introspección que define como liberador. “Ahora ya sólo escribo un diario que no publicaré jamás”, confesó, reconociendo la importancia de mantener un espacio personal que no depende de la opinión ajena. Es un recordatorio de que la escritura también puede ser un refugio íntimo.

Un periodista marcado por una experiencia única.

Hace más de cuatro décadas, la vida de este comunicador dio un giro inesperado. La llegada de su primer hijo estuvo marcada por complicaciones médicas que derivaron en un diagnóstico severo. Desde entonces, toda la familia se volcó en los cuidados, enfrentándose a una rutina de desafíos constantes y a una montaña rusa de emociones.

A lo largo de los años, él no ocultó sus sentimientos encontrados. Expresó amor incondicional hacia su hijo, pero también habló con franqueza de la frustración y la impotencia que genera ver cómo una persona cercana no puede disfrutar plenamente de la vida. “No estoy agradecido a la vida por haberme dado a Cris. No, no, por Dios, estoy absolutamente cabreado”, reconocía en una de sus intervenciones públicas, mostrando la crudeza de su experiencia.

Una despedida íntima y cargada de significado.

El desenlace de esta historia llegó de forma silenciosa, a comienzos de septiembre, cuando su hijo falleció a los 44 años. La familia decidió despedirle en la más estricta intimidad, buscando un duelo sereno, lejos del foco mediático. Solo días después, el periodista lo confirmó en un programa de televisión, mientras recordaba a otro amigo recientemente fallecido.

Durante su vida, el hijo del comunicador fue descrito como un luchador silencioso. No podía hablar, comunicarse ni elegir por sí mismo, lo que su padre definió como “una estafa de vida”. Sin embargo, quienes estaban cerca de él compartieron momentos de ternura, sonrisas y una conexión emocional que no necesitaba palabras.

Su padre llegó a plasmar todo este recorrido vital en un libro titulado “Cómo explicarte el mundo, Cris”, donde narró sin filtros lo que significa ser “un padre desolado” y, al mismo tiempo, un hombre dispuesto a luchar por visibilizar la realidad de la parálisis cerebral. Para él, más que una lección de vida, fue un proceso de amor, rabia y aceptación a partes iguales.

Reflexiones que conmueven a la sociedad.

“Es una estafa de vida”, repetía el periodista, aludiendo a la imposibilidad de su hijo para vivir con libertad. A su vez, denunciaba que no podía sentirse agradecido por haber aprendido a costa del sufrimiento de su propio hijo. Estas confesiones públicas generaron numerosas reacciones, ya que pocas veces se aborda con tanta sinceridad la mezcla de emociones que viven las familias en situaciones similares.

Su testimonio ha recordado que detrás de cada diagnóstico hay historias humanas complejas, que merecen ser contadas sin edulcorantes. Ha dejado claro que amar profundamente a un hijo no está reñido con sentir dolor, enfado y frustración ante la injusticia de su realidad.

En las últimas horas, las redes sociales se han llenado de mensajes de apoyo, cariño y reflexión. Muchos usuarios han compartido sus propias experiencias familiares, mientras otros han agradecido la valentía del periodista por dar voz a sentimientos que rara vez se expresan en público. La conversación digital demuestra que historias como esta siguen tocando fibras muy sensibles en nuestra sociedad.