El amor sigue reservando mesa.
‘First Dates’ lleva años convertido en el restaurante más famoso de la televisión. Cada noche, el programa de Cuatro abre sus puertas a personas de todos los rincones de España con un objetivo claro: encontrar pareja en una primera cita televisada. Lo que parecía un experimento social se ha convertido, tras años de emisión, en una fórmula infalible que combina romanticismo, choque de ideales y algo de humor involuntario.

Su éxito no radica solo en la posibilidad del flechazo, sino en cómo logra retratar, en apenas media hora, los matices del amor contemporáneo. Desde el entusiasmo juvenil hasta las decepciones amorosas pasadas, cada pareja protagoniza una pequeña historia con la que muchos espectadores se sienten identificados. Y, por supuesto, está el componente sorpresa: uno nunca sabe si la cita acabará en beso… o en portazo emocional.
En este universo sentimental aterrizó Miquel, un barcelonés de 33 años que trabaja en banca y que se describe sin tapujos: “Soy una persona un poco intensa y vivo el amor de forma apasionada. Me gustan mucho las mujeres y lo sé porque he probado las dos cosas”. En su maleta emocional traía dos relaciones largas y un matrimonio terminado, además de una musculatura trabajada durante 16 años de culturismo.
La química no siempre pesa lo mismo.
Su compañera de mesa fue Carla, una administrativa de 25 años que también vive en Barcelona. Con energía alegre y confianza física, comentó entre risas: “La gente cuando me ve suele decir que voy al gimnasio. Menos mal porque si no se notara algo estaría haciendo mal”. La primera impresión fue prometedora: ella lo encontró atractivo y valoró su amor por los animales, un punto en común con su infancia entre gallinas y caballos.

Pero la conversación pronto pasó de los músculos al corazón, y ahí es donde comenzaron los tropiezos. Mientras Carla se mostraba más conservadora en lo sentimental, Miquel empezó a abrir la puerta a un pasado reciente marcado por el poliamor. “Me he movido por el mundo poliamoroso. De hecho, mi exmujer y yo abrimos la relación”, compartió él, sin prever que su cita no compartiría ese entusiasmo.
Carla no tardó en reaccionar. Con un gesto de incomodidad reconoció: “A mí eso me da un mal rollo. A mí el tema del poliamor y todo eso no me gusta porque lo relaciono con el entorno. (…) No entiendo como alguien puede querer a varias personas a la vez. No me lo creo”. El desencuentro se hizo evidente, marcando un antes y un después en la cita.

Cuando no basta con ser guapo.
La conversación, lejos de suavizarse, se adentró en terrenos aún más complejos. Miquel se definió como alguien con una gran apertura sexual y relató sus experiencias en clubes de intercambio de parejas: “Soy un tío muy abierto a nivel sexual. He experimentado mucho, no de una forma promiscua, sino que siempre he estado abierto a experimentar». Pero en lugar de despertar curiosidad, provocó rechazo: “Aunque seas un diez en todo, lo siento, pero me genera mucho rechazo. A mí eso me da un asco… Eso sí que es un no”, le respondió Carla.
Ya con el postre sobre la mesa, el futuro de la pareja parecía sentenciado. Miquel, sin perder el ánimo, se ofreció a pagar la cena y expresó su deseo de verse de nuevo. Ella fue amable, pero clara: le faltó algo de atracción, aunque valoraba la conversación y la simpatía de su cita.

Antes de despedirse, él se mostró confundido por el rechazo, achacándolo a sus ideas sobre las relaciones. Ella negó que ese fuera el motivo, explicando que sus reservas no tenían que ver con el pasado poliamoroso, sino con una falta de química difícil de fingir. A veces, ni la sinceridad ni el cuerpo trabajado son suficientes cuando las almas caminan en direcciones opuestas.