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“¿En serio hizo eso?”: Andrea Ropero y su polémico gesto con uno de los cardenales favoritos para ser el nuevo papa

Andrea Ropero en el Vaticano.

Una cámara, un micrófono y muchas sotanas por las calles de Roma: ese fue el escenario del polémico reportaje que ha hecho tambalear el debate sobre el respeto y los límites del periodismo. Más de 1,1 millones de visualizaciones acumula el vídeo publicado por El Intermedio, donde Andrea Ropero aborda a cardenales a pie de calle en pleno cónclave de especulaciones.

Mientras algunos aplauden su arrojo, otros la acusan de traspasar una línea invisible. La mezcla entre solemnidad religiosa y televisión satírica ha generado un cóctel que no todos han digerido igual. Frente a uno de los nombres más repetidos como posible sucesor de Francisco, el cardenal guineano Robert Sarah, Ropero lanza sin rodeos.

«Buenos días cardenal, ¿se ve usted como el futuro papa de la iglesia católica? Nada, no tiene ganas de hablar». Su comentario final, a modo de conclusión improvisada, desata interpretaciones divididas entre la audiencia. La escena es breve, pero ha bastado para encender el debate sobre el papel de la prensa frente al hermetismo del Vaticano. En cuestión de segundos, la figura de Ropero pasó de periodista curiosa a protagonista involuntaria del momento.

La sutileza vaticana no siempre se deja interrogar.

Ropero continúa su ronda con otro cardenal, esta vez italiano: «¿Quién apuesta usted que será la persona que sucederá al papa Francisco?». La respuesta llega con cierta ironía: «No soy un profeta soy solamente un cardenal». El intercambio no desvela mucho, pero sí ilustra la diplomacia habitual del clero. La resistencia a hablar parece ser tan parte del protocolo como la sotana que visten, y cada respuesta encierra más entrelíneas que información.

El intento con otro prelado sigue en la misma tónica. «¿A quién van a elegir? ¿Tienen ya claro cuál va a ser su preferencia?», pregunta la periodista. «Lo que dios quiera», responde el cardenal. Ella insiste: «Pero bueno, al final votan los cardenales», a lo que él remata: «Sí, por el bien de la iglesia». Ropero se mueve con agilidad entre preguntas simples que buscan romper el blindaje institucional, pero se topa una y otra vez con muros de formalidad.

Religión, política y comunicación.

La entrevista toma un giro más teológico cuando Ropero lanza una cuestión más comprometida: «¿Usted era de los que estaba a favor del papa Francisco o prefería una línea más dura?». La respuesta busca evitar etiquetas: «No existe una línea dura en la iglesia. Existen las líneas fieles a nuestro Señor. Después se puede ser de un temperamento o de otro». Cada respuesta parece cuidadosamente tejida para evitar cualquier titular fácil, en una danza verbal entre lo sagrado y lo mediático.

La última pregunta parece buscar una confesión personal: a quién ve como próximo papa. Pero el entrevistado no se deja atrapar: «porque lo que el señor me sugerirá será lo que yo preferiré». Es un cierre tan místico como predecible, que deja a la audiencia con más preguntas que certezas. La elección papal sigue siendo un ritual de silencios donde el misterio es ley.

Redes sociales en combustión.

Las reacciones no se hicieron esperar. Muchos usuarios han recordado que este tipo de procesos llevan más de mil años blindados por el silencio y la discreción. La escritora Lucía Etxebarría expresó su rechazo con claridad: «Encuentro muy irrespetuoso lo que acaba de hacer esta joven. Se trata de un cardenal de la Iglesia. No es un ídolo pop ni una folklórica». El tono de su crítica refleja una parte del público que espera una reverencia casi ceremonial hacia las figuras religiosas.

Frente a las críticas, también hubo voces que respaldaron a la reportera. La periodista Luz Sánchez-Mellado salió al paso para señalar que Ropero solo estaba haciendo su trabajo «sin apabullar ni acosar», y recordó que «un cardenal concede o no entrevistas si lo considera oportuno» porque «es una persona, no dios». En un ecosistema mediático saturado de filtros y declaraciones pautadas, la espontaneidad puede resultar provocadora. Y justo ahí, entre lo incómodo y lo legítimo, se libra la discusión sobre qué debe ser el periodismo frente al poder.